Cuando regresé después de cubrir el sismo en Haití, había dos preguntas clave que siempre surgieron en conversaciones con amigos: ¿Fue horrible? Y ¿dónde te hospedaste? "Sí fue horrible. Peor que lo que cualquiera puede imaginarse,"respondo siempre, y paso a describir las condiciones deplorables en las que encontré a Haití, la pérdida de vidas, la tragedia humana, la angustia de los sobrevivientes. Habiendo cubierto muchos desastres naturales, conflictos armados en América Central y la guerra en Irak, tengo que decir que es lo peor que jamás he presenciado. Cuando respondo donde me alojé, no sé si reír o llorar. Mis colegas y yo decidimos llamarle ‘un hotel de 10 estrellas’, y podíamos ver las estrellas cada noche tan sólo abriendo los ojos. Cuando los primeros miembros de nuestro equipo llegaron, dos días después del terremoto, sin un lugar definido dónde hospedarse, fueron hasta el aeropuerto y se ubicaron en el pasto, al frente de un edificio de dos pisos. El lugar se convirtió en nuestro centro de trabajo, nuestro centro de satélites y nuestra humilde morada. Nadie en el edificio se quejó, así que el sitio se convirtió en una especie de Centro de Prensa extraoficial. Muy pronto periodistas de todo el mundo preparaban sus historias en las afueras de ese edificio, uno de los pocos en la ciudad que tenía electricidad. El área también estaba cercada y vigilada lo que nos dio cierto sentido de protección. Del otro lado cientos de haitianos miraban fijamente cómo trabajábamos y trataban de entrar cada vez que el cerco se abría para permitir el paso de vehículos. Cuando la noche caía, los integrantes de nuestro equipo tendían algunas cobijas en el pasto y dormían. Escogí dormir en el vehículo con otras dos personas, para protegerme de los elementos, según pensé. Pero no pude protegerme de los mosquitos. Fui literalmente atacada. Entre 50 y 60 picaduras de mosquito cubrieron mis dos brazos. Las picaduras eran intolerables, pero el trabajo debía continuar. La segunda noche me puse repelente para mosquitos y dormí otra vez en el carro. Nuestras comidas eran muy semejantes a los alimentos en zonas de guerra. Barras de "granola", cereal, jugo enlatado, atún y galletas. ¿La higiene personal? No pregunte. En un comienzo no había agua corriente, así que quien utilizara el baño lo hacía bajo su propio riesgo. Después de un par de días utilizando toallas higiénicas para bebé, una sola ducha fue habilitada en el baño de hombres, sin embargo, no había garantía de que el agua corriera lo suficiente para quitarse el jabón de encima, si es que se podía encontrar jabón. Al tercer día llegó una camioneta desde Santo Domingo con nuevos suministros para nosotros, incluyendo algunas pequeñas tiendas de campaña y sacos de dormir. Mis compañeros llamaban a mi carpa la suite presidencial. La compartí con tres colegas productoras. Después que el gobierno haitiano entregó el control del aeropuerto al ejército de Estados Unidos, las tensiones estallaron, algunos de los haitianos al otro lado de la cerca comenzaron a saltar por encima y el Ejército estadounidense nos dio tres horas para recoger nuestras pertenencias y encontrar otro lugar para permanecer. Ellos ya no podrían garantizar nuestra seguridad en ese lugar. Nos establecimos entonces en un campo amplio cerca del aeropuerto donde la mayor parte de las misiones de búsqueda y rescate de todo el mundo acampaban. A esas alturas mis picaduras de mosquito se habían hinchado y estaban infectadas. Una doctora de Puerto Rico me hizo el favor de tratarme con ungüento antibiótico e incluso fue más amable al permitir a las mujeres del grupo tomar una ducha provisional en medio del campo. La mejor manera de describir los baños en este campamento es comparándolos con los del principio de la película "Slumdog Millonaire". Nuestros alimentos mejoraron en los últimos dos días, la esposa de uno de nuestros traductores haitianos nos cocinó comida en una de las cocinas temporales establecidas por los equipos de socorro. En mi último día allí, siendo más o menos las 6 de la mañana, sentí la tierra temblar debajo de mi, mientras dormía en la tienda de campaña. Era la réplica más fuerte al terremoto hasta ese momento, de magnitud 6.1 en la escala Richter. Acampando en campo abierto, con un pedazo de tela de techo no corríamos ningún peligro, pero pensé en las miles de personas durmiendo en el piso en las calles de Puerto Príncipe quienes probablemente entraron en pánico al recordar el sismo que cambió sus vidas y a su país para siempre. Las condiciones en las que trabajamos fueron distantes del mundo glamoroso que la mayoría de las personas imaginan rodean al negocio de la televisión. Pero no fue nada comparado con la pesadilla que los haitianos tuvieron que enfrentar y continuarán enfrentando durante un tiempo. Después de cubrir el terremoto en Haití, estoy lista para enfrentar cualquier situación adversa. |
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