Las fotos del padre Alberto Cutié en la playa con una mujer, desataron un escándalo de corte farandulero, pero por encima de ello plantearon el gran interrogante de si ya es hora de replantear el celibato en la Iglesia Católica. El padre Alberto se convirtió en uno de los iconos mediáticos más importantes del catolicismo en Estados Unidos. Su apuesta figura no solo cautivó a los feligreses de las parroquias en las que sirvió, sino a todos los que pudieron ver su programa de televisión hace unos años o escuchaban sus programas en Radio Paz. El padre Alberto logró captar no solo la atención de los medios sino logró llenar recintos como si se tratara de una celebridad del espectáculo. Nadie puede discutir todo el bien que el Padre ha realizado en pro de su diócesis y en sí del catolicismo. Él logró modernizar el mensaje de la Iglesia y dar una nueva visión más moderna de la religión en un país donde se compite con numerosas religiones e iglesias de todas las denominaciones. Alberto Cutié no solo ha sido un fenómeno de medios, ha sido un hombre de Dios que mucho bien ha hecho a su comunidad. Pero el padre Alberto demostró que pese a su entrega y compromiso el ser humano es débil y sucumbió ante el amor que encontró en una de sus feligreses. En sus declaraciones a Univision esta semana, Cutié demostró que el amor fue más fuerte que su fe y que sus actos no premeditados han dado fin a una etapa de su vida. No somos quienes para juzgarlo y él merece todo nuestro respeto y comprensión, pero su comportamiento desde luego ha afectado a la Iglesia Católica y en especial ha cuestionado la conveniencia del celibato en estos tiempos modernos. El celibato fue instituido para permitirle al sacerdote entregarse a Cristo por completo y dedicarse con mayor libertad al servicio de Dios y de los hombres. Pero para muchos el hecho de compartir ese amor con una mujer no lo haría menos comprometido y permitirían que el sacerdote tuviera una experiencia más humana y vivencial. Un sacerdote y su familia podrían convertirse en un ejemplo de vida para su iglesia y quizá sería más fácil para ellos entender los problemas de un mundo real con divorcios, hijos adolescentes, problemas de pareja y dificultades a las que se enfrentan a diario y tienen que aconsejar sin haberlas experimentado. Al padre Alberto hace unos años cuando a raíz de su libro “Ama de verdad, Vive de verdad”, se le preguntó cómo podía dar consejos matrimoniales si no había tenido esa experiencia, contestó que no se necesitaba estar loco para ser psiquiatra y en eso tiene razón Cutié, pero el amor es un sentimiento más poderoso que la locura. En la historia del sacerdocio por lo menos siete Pontífices estuvieron casados y algunos de sus hijos también fueron Papas. El celibato sacerdotal se convirtió en obligatorio después del Concilio de Trento, 1545-1563, y desde entonces ha sido tema controversial en especial entre los críticos de la Iglesia Católica. El escándalo del presidente paraguayo Fernando Lugo que procreó al menos un hijo siendo Obispo en su país, la de centenares de sacerdotes que han caído en tentación y ahora las célebres declaraciones de Alberto Cutié a la televisión sobre su romance, su debilidad y de una u otra forma el estar viviendo en una institución anacrónica, hacen pensar que la Iglesia Católica debe replantear el celibato y dejarlo opcional y no obligatorio. Los tiempos han cambiado y en una era de celulares, Internet, iPods, chats, blogs y modernidad, los seres humanos están expuestos todo el tiempo y pretender que un sacerdote se aísle de un mundo como el actual es imposible. La época de los monasterios pasó hace tiempo y sería preferible darles la opción a los sacerdotes que quieran vivir una vida en pareja que lo hagan, que seguirse exponiendo a escándalos que día a día pueden afectar la credibilidad de la Iglesia. A la hora de leer este editorial es probable que el padre Alberto sea solamente Alberto Cutié un hombre bueno que quiere rehacer su vida y servir a Dios desde otro ministerio. Nadie juzgaría a un sacerdote por enamorarse, pues el amor es el sentimiento más puro de la creación, pero sí lo juzgamos por esconderlo y traicionarlo. |
|








