El jueves pasado, todos estábamos expectantes al discurso del presidente Barack Obama sobre la reforma migratoria. Nos reunimos frente al televisor como si se tratara de uno de los partidos de semifinal del Mundial de Sudáfrica. El presidente estaba ahí por primera vez para hablar de inmigración desde que asumió su mandato el 20 de enero de 2009, por primera vez desde que, en agosto de 2008, en plena campaña electoral, prometiera que habría una reforma migratoria integral antes de terminar su primer año de gobierno. Estaba ahí, 18 meses después de empezar su mandato, para hablar de la tan anhelada ilusión de 11 millones de indocumentados que viven en las sombras en este país. Estaba ahí, sin una reforma, a medio camino de su segundo año, pero estaba ahí para hablar de los que todos estábamos esperando: una propuesta. La primera desilusión fue cuando cambié de canal para ver si, además de Univisión, las cadenas tradicionales estaban transmitiendo en directo el discurso. Nada, ninguna de las tres cadenas, ni siquiera CSPAN, que transmite todas las alocuciones, lo estaba haciendo. Era como si el tema migratorio fuera sólo un problema de de interés exclusivo de la comunidad hispana. Pero la gran desilusión fue escuchar al |
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