Durante los años que llevo viviendo en este país, he conocido muchos casos de padres que han perdido sus hijos con el estado debido a que en un arranque de ira les pegaron una palmada, o porque por un descuido o necesidad los dejaron solos en casa siendo pequeños, o por cualquier otro acto de negligencia. He sabido de madres que terminaron en la cárcel porque sus hijos murieron en la piscina por un descuido de ellas de tan solo unos segundos, por haber dejado un objeto legal al alcance de los niños o por no haber tomado precauciones o cuidado con ellos. Por eso cuando conocí los detalles del caso de la niña Caylee Anthony, mi primera reacción como la de miles de personas en este país, fue considerar que su madre Casey Anthony era culpable de su desaparición y sería condenada por homicidio. Anthony no reportó la desaparición por más de un mes, inventó que una niñera la había secuestrado − niñera que nunca conoció a la niña− incluso inventó su trabajo en Universal Studios, y durante el tiempo en el que la niña estaba desaparecida se dedicó a divertirse como si no hubiera pasado nada en el mayor acto de despreocupación por su hija. En condiciones normales esta mujer hubiese sido condenada por asesinato en primer grado, sin embargo, en el juicio en su contra el jurado no encontró evidencias contundentes para incriminarla por el asesinato de la pequeña. La defensa hizo una excelente labor, confundiendo los hechos, lanzando hipótesis, y enlodando a la familia de la acusada, y la fiscalía no pudo a pesar de los cientos de miles de dólares invertidos en la investigación, encontrar una prueba que convenciera a los jurados más allá de una duda razonable de la culpabilidad de Casey en el caso. Lo cierto es que alguien mató a la niña, botó su cuerpecito en un bosque, que la niña murió por alguna causa aparentemente de abuso, sofocada con cinta en su boca y nariz, o por inhalar cloroformo como insinuó la fiscalía, o por un simple accidente como dijo la defensa. Alguien la mató y hoy no va a pagar por su crimen. Quien sea que haya sido estará libre sin pagar por haberle segado la vida a un angelito, estará libre sin tener un castigo porque en este juicio la única que perdió fue Caylee Anthony. Nuestro sistema de justicia es ese y hay que respetarlo, un jurado que no encontró una evidencia contundente y a pesar de lo que pensaba la mayoría de los estadounidenses, de los testigos, de los expertos que declararon y del sentido común, determinó que Casey Anthony no era culpable. Muchas personas han sido ejecutadas con menos evidencias, pero nuestro sistema acusatorio funciona así y nos guste o no así seguirá funcionando. Yo no creo que nadie deba disponer de la vida de otra persona, ni una madre, ni un asesino, ni un juez. Y fue quizás eso lo que llevó al jurado a tomar una decisión como la que tomó, la de no condenar a la pena capital a una mujer sin tener una evidencia contundente de lo ocurrido. Tal vez este juicio deja muchos temas para reflexionar, ¿está capacitado un jurado para tomar decisiones sin tener una preparación jurídica? ¿Puede el temor a quitar una vida cohibir la decisión de un jurado? ¿Vale la pena seguir pensando en mantener la pena capital en el estado cuando ya hay otros estados que la han abolido y hay cientos de países que no la aplican como castigo? ¿Si Casey Anthony no es culpable, entonces quién sí lo es? Solamente Casey Anthony sabe la verdad, ella debe saber qué pasó con su niñita y a pesar de que la justicia humana ya tomó una decisión, a la justicia divina nadie la puede engañar y será esa al final del día la que determine el castigo a quien o quienes acabaron con la corta de vida de una inocente. |
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