Era un día normal de trabajo con anticipadas buenas noticias en el pequeño pueblo en donde vivían. Un delicioso aroma a carne recién asada llenaba el ambiente y además de hambre, compartían risas y camaradería. De repente se detuvo el tiempo. Cuando él colgó el teléfono, ella de inmediato supo que las noticias no eran buenas. Su cara estaba pálida y su mirada vacía. No había desesperación pero si una inmensa tristeza. Un silencio profundo que le calaba hasta los huesos. En ese momento se dejó caer sobre el sofá y la comida quedó servida. La mujer intuía su dolor de padre aún antes de que de su boca saliera la primera letra. Se repetía un sonido sordo y mudo como aquel que había llenado el espacio hacía más de diez años al enterarse de una muerte muy cercana. Esta vez nadie había muerto pero la puñalada de la enfermedad estocaba el alma. Una cruel golpiza a mano limpia habría sido quizás más fácil de soportar. Las punzadas del dolor eran intensas y no podían pensar con claridad. Ni él, ni ella. En silencio se abrazaron con mucho amor. Hay momentos en los que las palabras no cuentan y solo vale lo que haces. Ella estaba ahí y eso bastaba. No sabía qué decir pero sí sabía que en ese caso era más sabio no decir nada… En medio del fuerte abrazo y mientras asimilaba el momento más doloroso de su vida él revivió imágenes del pasado, en desorden y a toda velocidad. El mundo y las ilusiones caían a un abismo sin fondo. Quizás había salida, pero todo se veía denso y oscuro. La brisa afuera mecía las palmeras y parecía que iba a llover. Ella salió a dar un paseo y se cruzó con turistas, artistas, vendedores, niños, payasos, fotógrafos. Una calle viva en donde la gente reía, comía, posaba, compraba… Su mente daba vueltas a mil por hora y sentía que necesitaba encontrar como fuera el valor para apoyarlo. Era como si a ella, al ser siempre fuerte y optimista, no se le permitiera ‘desmoronarse’. No había espacio para el sollozo o la duda. Caminó por horas y trató de pensar aunque le costaba concentrarse. Le dolía el alma cuando decidió regresar, muy despacio y entre la misma gente, que al menos ese día de verano, parecía feliz. Su mirada se perdió en el horizonte como queriendo alcanzar las nubes blancas en pleno día de sol y azul cielo. A través de esa minúscula ventanilla y desde semejante altura ella quería encontrar una respuesta poderosa que apaciguara tanto dolor. Él sentía el pecho apretado casi hasta la asfixia y sabía que estaba solo. El círculo cercano de familia y amigos le ayudaría sin duda, pero por genuina que sea esa preocupación, nunca es suficiente para levantarte. Era él y sus problemas. Él y sus alegrías. Ni ella con tanto amor podía llenar ese vacío aunque él agradecía inmensamente su presencia y su silencio. Al regreso de una larga caminata y aún buscando razones y respuestas decidieron no hacerse más preguntas. Era mejor así… Un segundo que parece eterno y una eternidad que pasa veloz. Es un no y un sí. Al cabo de una par de días incluídas sus noches de insomnio, por fin los pensamientos fueron más claros. Por primera vez él sintió que sería capaz de enfrentar esa tristeza. El renacer de su fe le permitió soñar de nuevo y como padre, tenía que hacerlo. Ellos esperan que con el tiempo ese inmenso dolor sane… aunque secretamente intuyen que tanta tristeza díficilmente desaparecerá del todo. |
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