Este reconocido poema de Kahlil Gibran lo describe sin arandelas y sin mayores pretensiones. No es una exageración pero tampoco hace más ligera la realidad de dejar ir… Por más preparados que estén los padres cuando llega el momento de decirle adiós a sus hijos, enfrentan sentimientos y emociones totalmente contrarios. Orgullo, al ver que ellos alcanzan sus propias metas gracias a su esfuerzo y dedicación, y a la vez, tristeza porque generalmente, alcanzarlas, implica que el “bebé” creció y se va de casa, ya sea a la universidad, al ejército, a otra ciudad o a formar su propio hogar. Observen a su alrededor (especialmente durante estas dos semanas) y en cualquier aeropuerto o reunión podrán encontrar los empañados ojos de un padre/madre despidiendo a su hijo/a que ya empieza su propio camino… Es un adiós que tiene matices. En la cultura anglosajona, por ejemplo, y aun cuando haya una muy estrecha relación entre padres e hijos, esa llamada línea de ‘individualidad e independencia’ no se cruza. Algo muy distinto entre nuestras familias hispanas. Nosotros −en general− seguiremos siendo los “hijos de la casa” y de alguna forma… jóvenes, ingenuos e inexpertos. Ellos saben que crecimos, nos admiran, nos respetan y comparten nuestros éxitos pero siempre nos verán como “sus niños”. Salí de mi casa hace unos doce años. Viví con mis papás −haciendo honor a nuestras costumbres y tradiciones latinas− mientras estudié en la universidad y aún cuando empecé a trabajar como profesional. Era independiente, tenía mi carro, mi sueldo, mis gastos, mis amigos… pero vivía con mis papás y “bajo las reglas de esta casa” por supuesto. Cuando salí, el salto fue grande porque me vine a vivir a Estados Unidos. Yo, era “hecha y derecha” pero sé que mi mamá lloraba con frecuencia. Los tiempos cambian pero es igual de duro que cuando un hijo de sólo 18 años se va a vivir al otro extremo de un país enorme como Estados Unidos. Eso fue lo que ví en la cara alegre-triste de uno de esos padres cuando casi llorando le daba la bendición a su hija justo antes de partir. Hay gente desapegada pero yo hablo con mis papás frecuentemente. Nos gusta compartir y “chismosear”… Ahora que lo pienso, me da risa recordar que, efectivamente, en algunas cosas me tratan como su “niña”. A veces, si es un poco tarde, mi papá dice, “mi amor, pensé que ya no nos ibas a llamar hoy” o mi mamá pregunta “¿dónde estabas? Te llamé hace un rato…”. No pretenden controlar nuestras vidas y seguro que tampoco esperan “la respuesta”, pero entre los anglosajones nunca escucharíamos una conversación similar. Los latinos preguntamos porque es nuestra esencia y así los papás tengan 90 años creo que nunca dejarán de hacerlo. Veo aún a los mayores diciendo “mija, no aparecías y me tenías preocupadísima….”. La historia no cambia, al contrario, se repite. Cuando viajo a mi país, voy a la casa de mis papás… Allí me consienten, me dan gusto y también… me ponen hora de llegada, me preguntan para dónde voy y me esperan despiertos… Lo más simpático es ver a mi abuela hablar con mi mamá (su hija), ¿saludaste?, ¿diste las gracias?, “siéntate derecha…”. Los hijos son prestados pero no por saberlo y aceptarlo, es más fácil evitar las lágrimas de un padre cuando deja a su niño en la puerta del kinder, o las que sorpresivamente caen cuando ese joven ilusionado se va a estudiar su carrera. Lágrimas que volverán a correr por las mejillas cuando orgullosamente “el niño/a” empiece su propia familia o reciba su grado profesional. Las mismas que díficilmente se pueden contener cada vez que tienen que decir adiós después de unos días de vacaciones… Escríbeme tus comentarios e ideas a pilar@dias.us |
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