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Publicado el 10-08-2010   enviar imprimir
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MARIA DEL PILAR  ORTIZ

Odio el BOTOX. Bueno, casi…

MARIA DEL PILAR ORTIZ
Asociación de Mujeres Hispanas

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La veía muy rara. No sabía a ciencia cierta quién era. Es más, no creo haberla visto nunca antes en mi vida. Su cara se veía hinchada -como una empanada- y su nariz extremadamente pequeña. Fue cuando su esposo se acercó a saludarme que supe de quien se trataba.
¡No lo podía creer! ¿Cómo alguien se hace eso a sí misma y todavía cree que quedó divina? Después de varias experiencias como ésta, he llegado a la conclusión de que odio el botox. Al menos su uso exagerado. Nunca lo he utilizado pero a juzgar por las ‘usuarias’ que conozco –y que últimamente ni reconozco–, no me dan ni ganas de ensayarlo.
No estoy en contra del tratamiento, ni de los buenos doctores, tampoco hablo de sus efectos porque no los he estudiado, me limito a opinar sobre lo que veo: resultados extraños por extrema vanidad y cierto afán por recuperar esa juventud que se escapa dejando una piel flácida y sin volumen. En cantidades mínimas puede que estos productos ayuden y ni se note, pero con los casos de esas cinco o seis mujeres que tengo en mi mente, la verdad es que no hay derecho a dañarse la cara de esa manera.
¿Qué pensarán ellas cuando se miran al espejo? ¿Se gustan o se arrepienten? A lo mejor se sienten bien al descubrir que lograron deshacerse de unas cuantas líneas de expresión o comprar un poquito de cachetes, quijada y algo de relleno para los hoyuelos de la risa. No sé…pero aunque nadie –ni yo– se atreva a decírselo en su cara: ¡señoras: se ven horribles!
¿Y qué tal cuando además a la señora le da por hacerse un par de cirugías, engrosar los labios, estirarse la piel y levantarse los párpados? Entonces tenemos como resultado caras inexpresivas, tensas, hinchadas y como de mentiras. Las considero porque en la mayoría de los casos con ese remedio viene una adicción que las obliga a inyectarse de nuevo cuando se empiezan literalmente a desinflar.
Espero que los genes y nuestros hábitos al cuidar la piel pesen… porque quisiera envejecer como mi abuela quien a los ochenta y tantos –y sin ninguna cirugía–, se ve rozagante y hermosa. Al natural y con una piel tersa, como mi mamá, que tiene las arrugas normales de una vida bien vivida.
Respeto a las defensoras de todos los secretos existentes
para pelear contra el tiempo y me las imagino –si todavía pueden, porque a veces están tan tiezas que ni pueden levantar la ceja, hacer una mueca o fruncir el ceño– arrugando la frente en señal de desacuerdo conmigo.
Pienso en la amiga de mi mamá, en la tía de mi compañero; en la esposa o la mamá de aquel médico especialista; en la señora de mi primo que ya no sabe ni qué más hacerse en el cuerpo y cuya cara está –a simple vista– prácticamente desfigurada; en la colega que ví el otro día en un almuerzo, en la señora que era linda y que no reconocí el pasado domingo…
Todas tienen nombre propio y podría enumerar muchas más que literalmente cambiaron su cara por una máscara. Ahora que lo pienso ¿será que ellas se estaban preparando para Halloween y yo la ‘pasé por inocente’? Ojalá fuera un disfraz que se pudieran quitar porque al paso que vamos todas van a resultar más jóvenes que yo.
Señoras: todas ustedes son bonitas como son, como eran. Mucho más bonitas, al dejar ver la huella de unos años vividos a plenitud. Es cierto, con el tiempo algunas cosas se caen, se arrugan, o se desinflan pero lo bailao nadie nos lo quita y todo eso se puede controlar con ejercicio y una rutina de belleza adecuada.
Usar productos como el botox, o hacerse una que otra cirugía, no es el problema, pero se debe saber al menos cuando parar y decir: suficiente. Además de ser inteligente esa decisión trae otro beneficio: queda dinero para contratar a un psicólogo que les ayude a descubrir su verdadero yo y a controlar sus miedos internos. Sale más barato y al menos, al ver los resultados podrán darse el lujo de sonreír de oreja a oreja, sin parecer de cartón.
Escríbeme tus comentarios a pilar@7dias.us

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