“Fueron felices y comieron perdices…”. Un final feliz para un cuento de hadas que comenzó hace más de 10 años para Kate y el principe William. Quién se iba a imaginar que la decisión ingenua de esta joven de querer estudiar Historia del Arte en la Universidad de St. Andrews en Escocia la pondría camino a los brazos del futuro rey de Inglaterra. Este romance comenzó a escondidas y contó con la complicidad de otros universitarios mientras la pareja compartía una casa en un pequeño pueblo escocés… Como jóvenes estudiantes, estaban de alguna manera protegidos. La prensa no tuvo acceso a la pareja y la vida “casi normal”, para un muchacho que desde que nació estuvo en el centro de atención de los medios de comunicación y su novia, fue posible por algún tiempo para este par de tortolitos. Kate sintió la fuerte presión de los paparazzi una vez se graduó porque “ese muro de contención” llamado alma mater ya no la protegía. Cientos de cámaras disparaban por doquier…Si ella salía, entraba, caminaba, manejaba, iba o venía… Con una amable sonrisa les decía, “dénme espacio, tengan cuidado…o ustedes o yo vamos a resultar muertos”. La novia del príncipe era ahora el blanco de los flashes tal como lo fue en su momento Diana, la mundialmente admirada madre de su novio. Desde entonces las cámaras de televisión y fotografía, han sido parte de la vida de la hija mayor de un matrimonio de comerciantes. Sus amigos la describen como una mujer calmada, fuerte de carácter y competitiva, las mismas cualidades que la han caracterizado frente a sus nuevos admiradores y le han permitido manejar la presión de convertirse de la noche a la mañana no solo en figura pública sino en la princesa que algún día se convertirá en reina. Una vez esta buena estudiante obtuvo su diploma encontró una oportunidad de trabajo en Londres, ciudad a la que se trasladó con su novio William apenas se graduaron. A su vez, el novio partió para su entrenamiento militar. Poco a poco la relación se fortaleció y los viajes familiares a esquiar fueron más y más comunes. Se les veía cercanos y tan felices que incluso en el 2006 se rumoraba un compromiso matrimonial… pero en lugar de esa noticia la pareja anunció que por ahora la relación terminaba y ambos, tomarían caminos separados… Salidas, discotecas, y algo de licor maquillaron el distanciamiento que pasaría a ser muy corto porque un par de meses después llegaría la reconciliación de la pareja. En el 2007, Kate decidió dejar su trabajo y se dedicó a manejar la producción del negocio familiar que comercializa artículos de decoración para fiestas infantiles. Ella, como empresaria quizás manejaba más fácilmente su tiempo y la pareja empezó a hacer más planes juntos y también a asistir a eventos sociales. La relación se hacía cada día más fuerte. El romance siguió y la pareja realizó varios viajes. Uno de ellos, los llevó a compartir aventuras y safaris en Kenia, África, el escenario exótico y perfecto que el príncipe escogió para proponerle matrimonio a su novia con el mismo anillo de compromiso de su madre Lady Di. El príncipe había encontrado a su princesa y mantendrían en secreto ese “sí, acepto” hasta noviembre cuando anunciaron el compromiso y la fecha de la boda: abril 29 de 2011. Esta historia, como de cuento, hoy tiene una final feliz y un comienzo de ensueño. Es la atractiva vida de una hermosa niña, proveniente de una familia de clase media y sin sangre azul que al hacer la lista de invitados no olvidó a los más cercanos de la casa… el dueño del restaurante que frecuentan, el propietario de una tienda de flores, algunos vecinos... Kate, que aún en medio de unas circunstancias únicas no ha dejado de tener los pies bien puestos sobre la tierra, deja su vida de mujer “común y corriente” para convertirse en princesa y vivir a partir de hoy en un castillo de sueños que ojalá nunca se le derrumbe. Si quiere escribirme, mi correo electrónico es: pilar@7dias.us |
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