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Publicado el 05-20-2011   enviar imprimir
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MARIA DEL PILAR  ORTIZ

Una paseo que se tiene que vivir y no contar

MARIA DEL PILAR ORTIZ
Asociación de Mujeres Hispanas

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Llegamos a Cartagena en un día que, aunque nublado, resultaba húmedo y pegachento. Esta ciudad alegre y especial nos recibía con esa simpleza majestuosa de contrastes, colores, edificios y balcones. Tan pronto aterrizamos sentimos una oleada de aire hirviendo entrar por la puerta de atrás del avión y cada vez más fuerte al descender por la escalerilla sobre la pista del aeropuerto.
La heroica nos recibía con esa amabilidad característica que sonríe en la cara de todos los nativos. Es la expresión del Caribe que vemos repetirse en tantos otros países. Es esa chispa alegre que habla hasta con los ojos, en la calle, en cualquier esquina, en un tercer mundo feliz a pesar de todo… Como el calor, la alegría también contagiosa se iba reflejando en la tez clara y de origen irlandés de mi novio y su familia.
Cada imagen espontánea era una razón para sorprenderse y disfrutar, aunque de vez en cuando también ese retrato se transformara en gesto de angustia sobre todo a bordo de un mini taxi que se abría camino a la fuerza en medio de carros, motos, burros y autobuses. Entonces, el turno de sonreír era mío porque llegábamos a un país que se tiene que vivir más que contar y que a punta de detalles conquista el corazón de todos los extranjeros.
Ya más acoplados al calor cartagenero salimos a recorrer esta ciudad de ensueño. Cada plan era mejor que el anterior y el encuentro de las dos familias, los Ortiz y los Carter, fue tal y como lo tenía en mi mente.
Sonrisas y abrazos más allá del spanglish y las diferencias culturales. Un encuentro especial que se quedará para siempre en nuestra memoria. El tour guiado por la ciudad y el paseo en coche a través de monasterios, hoteles, plazas, esculturas y vendedores improvisados quedaba registrado en fotos para el recuerdo.
“No gracias, no gracias, no gracias”. Una frase que se convertía en escudo protector contra cuanta oferta llegaba a nuestros oídos. Pulseras, cucharas, frutas, artesanías, cocadas, gafas, comida, cerveza, agua… Una sinfonía multicolor que no descansa buscando el peso, que no acepta un no como respuesta y que te convence de que mires sin “ningún” compromiso. Y si algo te interesa, siempre diles “está muy caro” esa frase que abre las posibilidades de “regatear” el precio hasta en un 50 y 60 por ciento siendo todavía un
buen negocio para ellos.
Desayunos, almuerzos y comidas de un par de horas no sólo porque así nos gustan sino porque al traducir todo, el ritual se alargaba… Cada uno ensayaba sus frases y de vez en cuando no podíamos de la risa… como cuando mi mamá dijo que ahí en ese coche de caballos venían “the bride and the broom…”. ¡Así, alegres y descomplicadas son las verdaderas vacaciones! Si tu familia es multicultural planea un paseo tan enriquecedor como este... qué manera de integrar lo mejor de los dos mundos con sus interrogantes, sus inquietudes y sus similitudes.
Al dejar los balcones y en medio de una brisa tropical, allí mismo en las murallas, disfrutamos de unos deliciosos jugos de frutas. Fresa, guanábana, maracuyá, piña, mandarina... Un festival de sabores exóticos al paladar de los extranjeros que quieren probarlo todo. El ceviche de camarones, el pescado frito con cabeza y todo, el delicioso arroz con coco, los postres, el verdadero café que tanto extraño.
El plan de ir a la playa… ¡toda una experiencia! Tres cuadras que podrían ser el compendio de un libro entero. Los muchachos jugando fútbol descalzos en la arena, unos 14 pescadores jalando la red ojalá llena, el hombre iniciando el motor de su chalupa para trabajar, la doña ofreciendo masajes y peinados de trenzas, el señor de los “cholados” o “raspados” de hielo más ricos y quizás menos higiénicos del planeta Tierra. El único punto en el que encuentras a un nativo que dice llamarse “Tony Montana” y que con su cuento “chiviado” ofrece alquilar carpas “con aire acondicionado” y sillas plásticas al frente de este hermoso Mar Caribe.
Los vendedores persisten y pelean… o simplemente sonríen e intentan convencerte de la ganga (precio bajo). Eran tantos que mi novio, “el gringo” −como lo apodaron de inmediato− escribió en la arena un enorme “no gracias… por favor…” causando la risa de algunos y la rabia de otros.
Entre, la cerveza fría servida “a domicilio”, las ostras que por prudencia prefieres no probar y las miles de fotos, es una experiencia inolvidable que se sella a ritmo de serenata vallenata de tres canciones por 10 doláres…
El mapalé, la cumbia y la salsa se toman cada una de las plazoletas de la Cartagena antigua y señorial, las mejores recetas de mariscos, las típicas mezclas del pueblo y de la comida internacional se encuentran en
la Casa de Socorro, en La Vitrola y en el Café del Mar. La pizza, los crepes, la arepa’e huevo y las empanadas con tantos acentos como sabores…
En solo 5 días, nos acostumbramos a Lolita haciendo los desayunos, a Fernando cobrando menos de 3 doláres por llevarnos en taxi, a Severiano buscando una van para 8, y a todos esos nuevos amigos o “peers” que estos americanos dejaron en Colombia. Al practicar su español, mi novio dice rítmicamente: “por ejemplo (le encanta como suena ppor ehhemplo)… oye, me gusta la comida, me gustan las personas y por ejemplo, Cartagena es fantástico”. ¡Sí que lo es!

Si quiere escribirme, mi correo
electrónico es: pilar@7dias.us

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