Esta es una escena simple que tuvo lugar una mañana en una ciudad grande e impersonal. Un hombre invidente se bajó de un taxi y caminaba con su bastón de apoyo hacia una de las puertas de un centro comercial. Su figura era familiar para quienes disfrutan de sus programas culturales por televisión. Era muy temprano y en los alrededores solo estaban los deportistas que madrugan a entrenar o los transeúntes que simplemente salen a caminar. Al pasar por la primera puerta y saludar a dos vigilantes, el señor les dijo gentilmente “buenos días, caballeros. Yo no veo casi nada, ¿alguno de ustedes puede hacerme el favor de acompañarme hasta la entrada de la librería?” Ninguno de los dos hombres se dio por aludido. Ambos le negaron una simple palabra a alguien que “ve” la vida a través de sonidos y no de colores. Unos pasos más atrás y como previendo que algo así pudiera suceder… una señora alta y atenta se percató de esta situación. Sin dudarlo le dijo de inmediato: “con gusto, Bernardo, yo lo acompaño”. Bernardo Hoyos, agradecido y sonriente se apoyó en su brazo y se dejó guiar por un camino de asfalto aún húmedo por la llovizna de la madrugada. ¡Qué amabilidad señora! Agradezco este gesto, le dijo dulcemente. En cinco minutos hablaron de sus esposos, de sus hijos y de un par de anécdotas de la historia nacional. En medio de la conversacion corta pero algo profunda, la señora le preguntó por qué estaba solo. Él le contó que hoy, su conductor no había podido entrar a dejarlo y como cada mes tenía que cumplir con su cita para entrevistar a algunos de los más reconocidos escritores del momento. La charla entre ellos tocó temas variados y espontáneamente dio pie a una pregunta sobre la ceguera. Con tranquilidad el hombre dijo, por un ojo no veo absolutamente nada y por el otro veo solo un 20 por ciento. La señora, con un poco de risa, le preguntó ¿me ve usted así tan cerca como voy a su lado? Y él dijo, veo la figura de una mujer elegante y rubia, como si fuera una sueca. Entre risas y anécdotas intercambiaron preguntas y respuestas. Cuando llegaron a la librería, el hombre agradeció de nuevo este gesto generoso e incondicional diciéndole adiós a esta mujer cinco minutos antes, desconocida. Ella siguió su caminata con alegría y plenitud en su alma. La cálida voz de este hombre, su actitud frente a la vida y sobre todo su transparencia y carisma hicieron de un momento cualquiera un recuerdo inolvidable por lo simple y sublime. Ser casi ciego no limita a este hombre que brilla con luz propia. La mujer era mi mamá y esa sonrisa ilumina su rostro cada vez que emocionada narra esta vivencia con mucha gracia y lujo de detalles. Basta un gesto generoso al día para ganarse una emoción linda y perdurable. No se necesitan todos los sentidos para dejar una huella inolvidable. Escríbame a: pilar@7dias.us |
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