Desde pequeñita me inculcaron el amor por un ser supremo que estaba en todas partes y al que debía respeto y admiración. Me enseñaron el temor de Dios y muchas veces cuando me sentía sola o perdida, esa vocecita interna y que daba hasta miedo me recordaba que había una línea entre el bien y el mal. Quizás como muchos de ustedes, estudié en colegio religioso en donde inculcaban valores, buenas costumbres e insistían −prácticamente a la fuerza y contra toda queja− en enseñar la palabra de Dios. A veces más de lo que yo quería, pero era vital y necesario aunque “en su momento” parecía muy aburrido y había planes mucho más divertidos. Como joven yo también refunfuñaba de la misa y me quejaba de la clase de religión, pero no por eso cambiaron las reglas, ni las reformaron a mi conveniencia… A lo mejor muchos domingos me daba pereza ir a misa pero no por eso me decían que me podía quedar jugando en la casa o viendo televisión… Aunque había normas que no me gustaban, se estaba formando una relación interna que se convertiría en una fuerza espiritual inmensa y fuerte que me ha acompañado desde entonces. Cuento todo esto no porque yo sea mejor que nadie, ni por dármelas de santa, ni mucho menos, lo hago porque me preocupa ver que a tantos jóvenes les falta Dios. Crecen sin rumbo, sin una directriz clara, sin valores sólidos y sin ese temor de Dios. ¿Que un niño agarre a sus padres a martillazos? ¿Que un joven mate a sus padres para hacer una fiesta mientras deja los cuerpos en un cuarto? ¿O que un muchacho contemple el suicidio desde que cumple 12 años porque se siente incomprendido y sin saber para dónde ir? ¿ Y qué tal los problemas de depresión a los 17 años porque no les dieron ese carro que querían? La vida tiene retos, es bella y vale la pena. ¿Dónde está Dios? ¿Por qué en los corazones de esta generación no hay esa fuerza espiritual que tiene respuestas y que soporta las cargas por nosotros cuando creemos que no hay salida? Estamos formando niños y jóvenes independientes, inteligentes, sabelotodos tecnológicamente pero tristes, desorientados, solos y sin una luz en el corazón que les ayude a distinguir el bien del mal. Estoy segura de que en muchos hogares se enseña la presencia de ese ser superior pero qué díficil tarea para los padres reforzarla cuando allá afuera no hay un modelo a seguir y muchos otros hacen lo que literalmente les viene en gana. Los admiro aún más por eso. En la escuela no hay una línea clara a nivel espiritual a no ser que se esté matriculado en colegio privado que a propósito con esos precios deja por fuera del juego a muchos que quizás quisieran esa oportunidad. Todo es muy superficial. Se celebran las fiestas desde el aspecto puramente comercial, la Pascua con conejos, huevos, dulces. La Navidad con regalos, adornos, luces y pólvora. Acción de gracias con comida a más no poder y hasta la gula. Los Reyes con roscas, bebitos, juegos y más regalos. Nada malo en celebrar, regalar y gozar, yo soy la primera en la línea; tampoco hablo de rezar el rosario a toda hora e ir a misa diaria, mentiría si digo que me gustan los extremos de ese tipo y confieso que hay algunos domingos en que no asisto a la iglesia pero eso sí, nunca dejo de agradecer a Dios y de orar para pedir que su fuerza obre en mí. Nunca es tarde. Hagamos la diferencia con esos jóvenes que estén alrededor, sembremos en sus corazones algo más que necesidades, cosas que no tienen, e insatisfacciones. Nunca es tarde. Como me dijo una amiga, mientras ellos vivan en casa de sus padres así sean adolescentes rebeldes o jóvenes un tanto desubicados todavía se les puede enseñar que existe un Dios y que rezar alivia, y que no se mueve la hoja de un árbol sin que la voluntad de un ser superior prime. Es cuestión de fe. Es cuestión de darle a esta generación una herramienta poderosa que los haga más felices, que les quite peso de encima y que con un poco de amor evite las cuentas extremas en psicólogos, terapias o abogados. A gran parte de esta generación, en mi opinión, lo que le falta es conocer a Dios. A aquellas familias que lo tienen presente y están haciendo todo lo que deben para inculcar la fe en sus hijos, los felicito de todo corazón y los invito a no perder el impulso ni a desvanecer a pesar del rechazo… Gracias por lo que hacen porque nuestra sociedad necesita cada vez más de Dios en nuestros corazones. Espero sus comentarios en: pilar@7dias.us |
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