En otras palabras, ¿qué es lo que realmente nos capacita para amar y ser amados? o ¿Hasta qué punto tomamos el amor como algo “casual” con lo que se puede uno tropezar en cualquier momento, para lo cual no se necesita ninguna preparación ni adiestramiento y solo se requiere desearlo y lo obtendremos? Por supuesto, esta manera de pensar o comportamiento lo llamo “mágico”. Es el producto de los “cuentos de hadas” y de las novelitas románticas. ¡Pero lo curioso es que el verdadero amor está muy lejos de conseguirse por casualidad y mucho menos por magia! Ese AMOR que tanto anhelamos es el “fruto” de un proceso de crecimiento y maduración muy similar al fruto que obtenemos de un árbol... primeramente se debe plantar la semilla de la clase de fruto que queremos obtener, luego se necesita una buena tierra para que nazca y suficiente agua para que crezca y se desarrolle, lo que puede tomar varios años, hasta que por fin nacerán las primeras florecitas que traerán los primeros frutos, pero con el pasar del tiempo las flores serán más abundantes y sus frutos mejores y más sabrosos. Cada familia dentro de su propia cultura representa una variedad de “semillas” que producen diferentes “árboles”. La educación, los principios, las costumbres y la unidad familiar, representan la buena tierra y el alimento para crecer y robustecer a sus miembros durante el tiempo de su crecimiento. Cuando una persona llega a la edad de la adolescencia comienza a “florecer” y se comienza a vislumbrar la calidad de su “fruto”, hasta llegar a la edad adulta, cuando producirá una mejor y abundante “cosecha”. Esta evolución esta íntimamente ligada al desarrollo de la capacidad de amar y ser amado... me refiero a que el amor es el producto de la sana madurez de cada individuo. En la medida que nacemos, crecemos y nos desarrollamos en un ambiente familiar bien constituido, no tendremos problemas de “florecer”, ni de “fructificar”, por consiguiente tendremos la madurez necesaria para amar. Esto parece simple, pero lamentablemente cuando una persona proviene de una hogar disfuncional, donde en muchos casos la figura paterna no existe y la “simiente” no obtuvo el cuidado y la atención necesarios de ambos padres... entonces los hijos crecerán en un terreno seco y muchas veces desprovisto de los nutrientes fundamentales para lograr un sano crecimiento, así mismo sus “flores” y sus “frutos” serán escasos. Lo que influenciará la capacidad de sentir y dar afecto, de disfrutar de la compañía de otra persona, de compartir y de comunicarse abiertamente, de sentirse apreciado y por supuesto de amar y ser amado. |
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