Esta respuesta está basada en una historia que recibí de mi hermana menor, Alicia que vive en Venezuela y por ser un escrito muy apropiado al respecto decidí relatarlo de una manera sucinta: Había una vez un Rey muy apuesto que estaba buscando una esposa, pero a pesar de que las mujeres más ricas y hermosas pasaron a conquistarlo, ninguna fue buena y suficiente para este Rey. Inesperadamente, cierto día llegó una mujer que ni era bonita, ni tampoco rica, la cual decidió mandarle un mensaje al Rey diciéndole: “No tengo, ni belleza, ni riqueza, pero puedo darte algo mayor, el gran amor que siento por ti... y si me permites lo podré demostrar”. Por supuesto, esta propuesta despertó gran curiosidad en el Rey y le concedió una audiencia para enterarse de qué se trataba tal proposición. Ella le dijo: “Pasaré 100 días en tu balcón, sin comer, ni beber nada, expuesta a la lluvia, al sol, al frío de la noche y al calor del día... si puedo soportarlo todo por amor a ti, entonces ‘Su Majestad’, me concederás ser tu esposa”. El Rey muy sorprendido ante tal sacrificio, aceptó diciendo: “Si alguien es capaz de tal prueba de amor, es digna de ser mi esposa”. Entonces la mujer estuvo en el balcón del Rey día y noche, sin comer ni beber... el Rey de vez en cuando se asomaba para ver como estaba y simplemente la saludaba. Así, paso el tiempo, hasta que se aproximó la fecha de los 100 días y todo el reino comenzaba a alegrarse porque finalmente tendrían una reina... pero súbitamente la mujer un día antes de cumplirse el plazo fijado, decidió abandonar la apuesta y se retiró sin siquiera volver a mirar al Rey. Todos quedaron atónitos con la inexplicable reacción de aquella mujer, la cual finalmente les dijo: “¡Mientras estuve pasando por tantas penurias, el Rey solo se asomaba a mirar si todavía estaba con vida... pero nunca sintió piedad de mi, ni se movió a compasión para darme algo de comer o beber... ahora que ya terminaba el tiempo propuesto, me di cuenta que no deseaba compartir mi vida con un Rey que tenía un corazón tan duro y que a pesar de toda su riqueza y majestad, no fue movido a misericordia, por lo tanto ¡no me merece, ni es digno de tal sacrificio! Este cuento de una manera muy gráfica muestra que no importa ni la belleza ni la riqueza externa de una persona, lo único que cuenta es la riqueza interior de cada uno. Me refiero, a que si la persona que amamos no nos aprecia lo suficiente, al punto de no importarle lo que nos pasa y ni siquiera ser humanamente sensible a nuestra aflicción o sufrimiento... es alguien que no vale la pena y aunque nos duela la separación... debemos dejarlo ir y decirnos: “NO ME MERECE”. |
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