La realidad y la verdad están ligadas íntimamente, son las dos caras de una misma moneda. Para vivir en la realidad se tiene que amar la verdad, y para ello se requiere ser muy sincero. En otras palabras, sinceridad es tener el coraje para enfrentar las cosas tal como son. La palabra sinceridad se deriva de dos palabras “sin cera”, esto quiere decir sin una cubierta de cera, como antiguamente se cubrían algunas frutas como la manzana, para darle una apariencia “deliciosa” o muy apetitosa a la vista. Cuántas veces la realidad no la cubrimos con “cera” para dar una impresión falsa de lo que pensamos o simplemente queriendo cubrir las verdaderas intenciones o motivaciones. Ser sinceros es la manera más efectiva para enfrentar la realidad. Desdichadamente vivimos en una sociedad donde se considera un gran valor, el cubrir la verdad y ser muy “diplomáticos”. Si alguien es sincero, espontáneo o sin manipulación, no es considerado muy inteligente o perspicaz. Pero es todo lo contrario: La sabiduría y el pensamiento eficaz, surgen de la verdad. Las personas que engañan y no enfrentan la realidad, se creen más “astutas” que los demás y pretenden ser alguien que no son, creando confusión y mal entendidos. Se consideran superiores, despreciando a las personas sinceras, o calificándolas de inmaduras por no “jugar el mismo juego”. Sin embargo, la sinceridad es la característica más valiosa de un ser humano. Ser transparente es una cualidad que “brilla por su ausencia”. Pero al final, he comprobado, que es el único atributo que le agrada a Dios. Todo lo demás que hacemos, por admirable que sea, ha sido un regalo del mismo Dios, por lo tanto Él no se impresiona con nada de lo que planeamos y alcanzamos, Él nos dio la capacidad y la inteligencia para lograrlo. Pero nada lo satisface o complace más que seamos sinceros y transparentes, mostrándonos ¡tal y como Él nos creó! |
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