En medio de tantas calamidades que nos acosan a todo nivel mundial y nacional, las dificultades y el dolor tanto físico como emocional, han tomado un sentido más claro y realista en todo el mundo. Sin embargo, el sufrimiento, de acuerdo a la escogencia de cada uno, puede ser usado para mejorar nuestro carácter; o para escoger sumirnos en una depresión y destruir nuestro futuro. Sería ideal que no existiese el dolor, pero sí existe, y lo hemos de aceptar. Si intentamos evadirlo y rehusamos hacerle frente, esa memoria nos perseguirá toda la vida. El dolor es una de las realidades más grandes que debemos confrontar a lo largo de la existencia, y de nada sirve ignorarlo. ¡El dolor contribuye a eliminar la superficialidad en las personas! Las personas no pueden encontrarse a sí mismas a través del éxito, porque el orgullo y la soberbia hacen perder la cabeza. Tampoco por medio de la monotonía de la vida, pues sucumbimos al aburrimiento y a la queja. La única manera de encontrarse a sí mismo es en medio de los fuegos del dolor. ¡El fuego nos refina y purifica! Podemos siempre reconocer con facilidad a las personas que han pasado por los caminos de la aflicción y se han realizado a sí mismos. Por el contrario, si alguien no ha pasado por la prueba del sufrimiento, será propenso a actuar con menosprecio, nunca dedicando su tiempo a oír a los demás, ni mostrando simpatía hacia las personas con problemas o pesadumbres. Si te encuentras atravesando los fuegos del dolor y la aflicción, Dios hará de ti alimento y sustento para otros, porque en tus propios momentos de dolor puedes acudir a Él sin limitaciones ni reservas. No es a través de aislarnos o refugiarnos dentro de nosotros mismos, en "fortalezas" de retraimiento y depresión; sino a través del conocimiento de los principios de Dios, que encontramos en Su Palabra, los cuales nos guían e instruyen para vivir y compartir el sufrimiento, permitiéndonos descansar en Su Paz que sobrepasa todo entendimiento. El Señor está colocando en los corazones de los que le aman, y conocen Su Palabra, el deseo de interceder por familiares y amigos, por vecinos y ciudades. No con grupos "organizados" en la forma tradicional o para reclutar más feligreses. Es el deseo colocado en corazones de personas que albergan el mismo propósito de reunirse para orar. Algunas veces hasta de distintas iglesias o denominaciones, pero con el mismo espíritu, queriendo interceder por las personas que nos rodean, con la compasión de querer ¡ayudar a mitigar el sufrimiento de los demás! |
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