El perdón no es sólo una buena idea o buen concepto. ¡De hecho, es realmente un mandamiento! Muchas veces, el perdón se ha enseñado como si fuera simplemente soltar la carga de la trasgresión de un individuo y perdonarle toda condenación o castigo conectado a la injuria que nos causó. La realidad es que cuando no perdonamos, no es a la persona que nos hirió, a quien hacemos daño, muy por el contrario, es a nosotros mismos a quien continuamos hiriendo en cada momento en que recordamos la injuria, ¡por grande o pequeña que esta sea! El no perdonar provoca una raíz de amargura que puede totalmente paralizar el fluir de una vida plena, llena de gozo, amor y paz. Perdonar es difícil. Aparentemente parece que si lo hacemos, no se cumple con la justicia humana, pero nosotros no debemos ser parte de ese ajuste de cuentas, ya que no es responsabilidad nuestra. Dios mismo nos dice: Mía es la venganza. Por lo tanto, no debemos procurar o guardar resentimiento y mucho menos venganza, no estamos equipados para tal responsabilidad, y lo único que logramos es un corazón mezquino y atormentado. El no perdonar es simplemente una falta de revelación acerca del perdón de Dios, que sin merecer, lo hemos recibido libremente a través de Jesucristo, nuestro Señor. Jesús dijo: Si perdonáis a los hombres sus ofensas, os perdonará también a vosotros vuestro Padre celestial; mas si no perdonáis a los hombres sus ofensas, tampoco vuestro Padre os perdonará vuestras ofensas. Como bien lo explican estas palabras, no podemos ser perdonados por nuestros propios pecados a menos que perdonemos primero a los demás. Debemos basar nuestras relaciones, sobre el mismo criterio sobre el que Dios basa su relación con nosotros: amor, aceptación y perdón. El Apóstol Pablo escribió: Quítense de vosotros toda amargura, enojo, ira, gritería y maledicencia, y toda malicia. Antes sed benignos unos con otros, misericordiosos, perdonándonos unos a otros, como Dios también os perdonó a vosotros en Cristo. La falta de perdón es una invitación abierta a las maldiciones de Satanás, en nuestras vidas. Simplemente, debemos perdonar como Dios nos perdonó para poder mantener nuestros corazones libres de amargura, rencor, pesadumbre y depresión. |
|








