Como era de suponerse no acababa de plantearse la idea de discutirse en la Cámara de representantes la iniciativa conocida como Dream Act, cuando ya aparecieron las voces de grupos como FAIR, congresistas antiinmigrantes y las personas de siempre, hablando que se trata de una “pequeña amnistía” y tratando de bloquear cualquier apoyo a esta, que a todas luces es una propuesta humana y compasiva.
Este fin de semana murió en la frontera de Arizona un oficial de la patrulla fronteriza a manos de un traficante ilegal que buscaba traspasar la cerca que divide los dos países. ¿De quién es la culpa?, de los “ilegales”, de las autoridades o de los congresistas y grupos de interés que no quisieron buscar una solución.
El statuo quo es lo peor que nos puede pasar en esta nación, seguir como estamos es permitir que sigan entrando al país personas sin ningún control. La muerte del agente de la patrulla fronteriza tiene un culpable, la indiferencia de Washington para solucionar un problema real que muchos quieren dejar vivo hasta elecciones para sacarle provecho. Si tuviéramos una ley de inmigración, a esta hora tendríamos más seguridad en la frontera, una relación detallada de los inmigrantes, estarían en proceso de deportación los delincuentes, el país estaría más seguro y la economía más robusta. Pero los intereses de personas que sacan provecho de los “ilegales” tenían que pensar primero en sus propios intereses, que en los intereses del país.
Si no aprobar la ley hubiera significado algo, no seguirían entrando indocumentados, no hubiera muerto el patrullero y no se estarían llenando las calles de pandilleros. Es ridículo que en lugar de buscar una solución, la respuesta hubiese sido dejar todo con la ley de la doble moral de dejarlos entrar, utilizarlos y luego perseguirlos.
Pensar que aprobando el Dream Act estamos dando una ‘amnistía’ a los estudiantes es actuar con una mentalidad cerrada, es cometer el mismo error dos veces. Esos 65 mil estudiantes hispanos que salen cada año de secundaria, no son criminales, no son pandilleros, son jóvenes productivos que quieren una mejor educación. Este es su país, ellos no van a regresar a sus países de origen, van a trabajar para mejorar la calidad de nuestros profesionales.
¿Qué país le cerraría la puerta a 65 mil nuevos profesionales cada año? Es absurdo pensar en castigar a estos muchachos por el error cometido por sus padres. El ejemplo de los hermanos Gómez, cuya orden de deportación fue suspendida hasta enero de 2009 gracias al esfuerzo del senador Dood y congresistas como Díaz Ballart o Ileana Ross, puede servir de esperanza para miles de jóvenes que no ven la ilusión de concluir sus estudios universitarios en este país.
¿Cuántos niños brillantes no conocemos que por diferentes razones no pueden ingresar a los estudios superiores? ¿No hemos buscado becas o ayudas para ellos?, pues cuando los compañeros de los colombianos Juan y Alex Gómez se enteraron de su deportación, viajaron a Washington, comprometieron a políticos y lograron lo que parecería imposible, postergar una orden del juez.
El caso Gómez es importante porque sentará un precedente para miles de muchachos que están en la misma situación.
El Dream Act debe discutirse en el Congreso y estar alejado de asuntos políticos o partidistas, es un acto humanitario en beneficio de este país, que debe tener el apoyo de todos nosotros.