La semana pasada Marion Jones reconoció haber usado esteroides en la conquista de sus 5 medallas en los Juegos Olímpicos de Australia. Lo de Jones no fue solamente una noticia triste para la heroína americana, sino para todo el deporte mundial. Barry Bond salió por la puerta de atrás de su equipo en San Francisco y su récord de jonrones no tuvo la celebración que esta marca merecía. Floyd Landis ganador del Tour de Francia el año anterior debe entregar la malla amarilla al español Óscar Pereiro por haber consumido drogas no autorizadas, la sombra de duda que ha caído en deportistas como Sammy Sosa y el mismo Lance Amstrong está desbaratando la confianza que los seguidores tenían en sus ídolos. Hace un año el fútbol estaba duramente golpeado por el escándalo de las apuestas que le costó al Juventus su descenso de división, ya el boxeo había pasado por algo parecido en la década de los años ochenta por peleas arregladas.
El deporte como lo conocíamos, se acabó, quizá siempre fue igual y lo que pasaba es que no había control anti doping o medicina deportiva que enseñara a jugar al límite de lo legal. Quizá Hank Aarón o Babe Ruth no fueron diferentes a Barry Bonds y solo se salvaron porque nadie los vigilaba, quizá Greg Lemond que ganó el tour de Francia 3 veces o Bernard Hinault que lo hizo 5, se doparon pero nadie sabía de sustancias ilícitas en el deporte en ese momento. Ellos pasaron a la historia, fueron los súper hombres, los ídolos de varias generaciones, leyendas que han logrado inmortalizar sus nombres, pero ahora con los controles y el conocimientos sobre drogas o “mañas” que alteran el desempeño de los deportistas, será más difícil romper los récord, ganar los partidos o imponerse en etapas ciclísticas maratónicas sin tener ayuda “extra”.
Nuestros ídolos se han ido derrumbando como si fueran de barro y con ellos se están derrumbando muchas ilusiones.
El juego limpio se debe imponer, los trofeos no se deben seguir decidiendo en el laboratorio, se deben definir en las pistas o los estadios. Las apuestas y los altos premios han logrado sobre pasar el terrero de la honestidad y corromper la sana competencia. No podemos estar viendo cómo se van destapando una a una las mentiras de los deportistas que en el pasado juraron que no habían consumido drogas y que años después lo tienen que reconocer públicamente al quedar al descubierto.
Ojalá que el futuro nos deje como legado deportistas íntegros que hagan parte del Hall de la Fama más que por sus méritos por haberlo conseguido limpiamente.