Tenemos seis semanas antes de la próxima primaria demócrata, la decisiva de Pensilvania, tiempo suficiente para que los candidatos y sus asesores mediten sobre el futuro de la elección. Hablan de cambiar las reglas de juego y permitir el voto en Michigan y Florida, algo que ha tomado mucha fuerza pero que sería el peor error que puede tener el partido demócrata en esta campaña.
Aceptar el voto de estos estados es tanto como jugar un partido de fútbol y faltando 15 minutos para el final, con los cambios de jugadores agotados, permitir que cada equipo pueda realizar nuevos cambios porque el equipo que va perdiendo cree que es justo darle la oportunidad a los jugadores en banca y en el fondo piensa que esa “movida” podría darle la victoria.
Cambiar las reglas a estas alturas es simplemente decirle al electorado que los demócratas no juegan limpio, que el famoso cambio que anuncia es sólo demagogia y que aquí prima más el interés político de una candidata, tratando de salvar una elección perdida, a la credibilidad de su colectividad.
Matemáticamente con las actuales reglas ninguno de los dos puede ganar la nominación. Con los diez estados que faltan hay 917 delegados y superdelegados en juego a la fecha. Obama necesitaría un poco menos del 70 por ciento de todos los delegados y superdelegados, algo que es imposible y Hillary casi el 90 por ciento lo cual es improbable.
La razón es que de los 566 delegados que se deciden en las urnas, el ganador se lleva proporcionalmente a su votación los compromisos y el perdedor los restantes lo que hace muy difícil que un ganador saque tanta ventaja al otro para poder asegurar su elección. A la convención llegaría un candidato vencedor como Obama con 120 a 130 delegados por encima ganando el voto popular a pelear la intriga, el cabildeo de los Clinton para voltear la votación y lograr más superdelegados y convertir a Hillary en la candidata demócrata lo cual no es imposible pero sería un proceso muy desgastante.
Los demócratas tenían ganada la elección presidencial y hoy con base en esta “guerra fraticida” están poniendo en riesgo su victoria. McCain está tranquilo, esperando a que se destrocen sus contendores para llegar a agosto y atacar con todo al moribundo que salga elegido en la Convención.
Hillary se debería retirar con grandeza, buscar la alternativa de estar en la fórmula presidencial como segunda a bordo y renunciar para evitar un desangre económico, un desgaste político, de tiempo y esfuerzo.