a reportarlo a la policía”, detalla Jessica. Pero hasta que ese día llega, las mujeres sufren día tras día compartiendo la casa con su mayor enemigo.
“Yo aguanté 15 años solo para que mis hijos crecieran en una familia, con su padre y su madre”, justifica María. Ella acudió al hospital en numerosas ocasiones debido a las palizas que le daba su marido, sufrió un ataque al corazón, se le inmovilizó el ojo derecho y tiene lesiones cerebrales permanentes que le producen ataques epilépticos. “Cada vez que salía de la cárcel me llamaba por teléfono y me decía ‘la próxima vez sí te vas a enterar’, así que aprendí a callarme porque si no sería peor”, recuerda María con una frialdad fruto del paso del tiempo y de su fortaleza.
María decidió denunciar los hechos el día que su marido tocó a su hijo. “Yo pensaba que él no pegaba a nuestros hijos porque nunca le vi, pero un día llegué del trabajo temprano porque me encontraba mal y vi cómo tenía a mi hijo contra la pared sujeto por el cuello. Me abalancé sobre él. Estaba borracho. En cuanto se durmió cogí a mis niños y me fui a una organización de ayuda a mujeres maltratadas”.
EL CENTRO
Tanto HOPE como SPARCC cuentan con refugios seguros abiertos las 24 horas del día. 304 mujeres y 276 niños fueron acogidos en los dos recintos disponibles en la zona. “Incluso pagamos noches de hotel muchas veces, porque no tenemos suficiente espacio debido a todas las mujeres que vienen”, puntualiza Laurel Lynch, directora de HOPE.
“Todas cuando llegan se sientan y cruzan los brazos como abrazándose, y solo miran al suelo”, dice Jessica. En seguida se pone en marcha el dispositivo de
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